Iñaki Echarte VidarteNace en 1977 en Pamplona-Iruña. Diplomado en Literatura Creativa, especialidad Guión de Cine y TV en la Escuela Superior de Arte y Espectáculos TAI (Madrid). Ha publicado textos en diferentes revistas: El planeta de nuestra generación, Una vez en Pamplona/Iruñean behin, el desembarco..., en prestigiosas publicaciones: Rio Arga, Cuarto Creciente..., en publicaciones digitales: DosDoce, alex_lootz...,y en antologías: El juego de hacer versos, el juego de hacer cuentos (Antología conmemorativa del 10º aniversario del Aula de Literatura).En 2005 crea el proyecto alex_lootz, en el que se encuadra la revista literaria alex_lootz [ http://www.alexlootz.com/ ], y una página web de reseñas de novedades editoriales. Tiene tres libros inéditos que han empezado a tener vida y buscan editor; el libro de cuentos Blues, la novela Maldito, y el poemario Alrededores. Maneja el Blog http://extranomd.blogspot.com/ desde agosto del 2006. Continúa escribiendo.
Se sentó con cuidado y puso los brazos sobre la mesa.
- Tengo algo que deciros. Seguro que ya lo sabéis. Os lo habéis podido imaginar, os lo han podido sugerir, pero quiero decíroslo yo.
La madre no se permitió parpadear. El hermano sonrió maliciosamente. El padre adoptó el gesto severo de cuando recibe una noticia inesperada, por si acaso.
- Lo que os voy a contar es la razón por la que durante todos estos años he sido inaccesible, distante, desagradable e incluso borde.
- Cállate. - La madre arrugó la servilleta con cuidado.- Ya lo sabemos.
- ¿Qué es lo que sabemos? - Dijo bruscamente el padre con la taza en la mano.- Yo no sé nada de lo que estamos hablando. ¿De qué estamos hablando?
- Estamos hablando de mí.
- Y, ¿qué es lo que no sabemos de ti? Lo sabemos todo. Eres nuestro hijo.
La madre se levantó de la silla y se puso a recoger la mesa.
- A veces creo que no te enteras de nada.
Él le puso la mano sobre el brazo y la agarró con fuerza.
El padre la miró con ojos suplicantes.
- Ya ha llegado el momento, ¿verdad?
- Hace mucho que está aquí. Ya deberías haberte hecho a la idea.
La madre se giró, abrió el grifo y empezó a fregar. El padre miró la taza vacía.
- ¿Puedo decir algo? ¿Puedo terminar?
- Hijo, ya no hace falta. Ahora no



Amed y Hugo en Lavapiés
Amed desciende por la calle Lavapiés, con paso rápido y algo inclinado, esquivando las terrazas, llenas de gente, de los restaurantes indios. La gente, a su alrededor, alza sus voces, llenas de palabras intrascendentes con pretensión trascendente. Unos pasos más atrás, con el mismo paso e inclinación, y sin dejar de mirarle, algo beodamente, el culo, Hugo, en dirección contraria a su casa con tal motivo fugaz, le sigue los pasos. Sobre sus cabezas, una abuela se lamenta sin demasiada convicción:
- Parece mentira que por este barrio hayan pasado reyes...
Continúa hablando, pero nadie le escucha.
Un poco más adelante, casi en la plaza de Lavapiés, Amed encuentra a sus amigos. Se saludan con su ritual característico: palmada con la mano abierta y apretón de manos. Charlan y ríen.
Hugo se detiene a pocos metros. Mira, distraídamente, un escaparate. Puede escuchar la conversación, pero no comprende nada. De reojo ve el culo de Amed, refrescante como una sandia en verano. Le excitan sus gestos bruscos, su risa radiante, sus ojos brillantes y su piel tostada. Por un momento se deja llevar por sus brazos tersos y musculados, asomados a su camiseta de tirantes. Acaricia el estomago plano que se adivina bajo ésta, tan perfecto que parece cincelado por un escultor griego. Hugo nota como su excitación pelea por escapar de su cuerpo.
En un momento dado, Amed se gira y le mira fijamente. Hugo, nervioso y algo asustado, retira su mirada y la concentra en el escaparate. Sólo hay objetos, cuyas formas apenas se adivinan bajo una espesa capa de polvo. Se vuelve hacia Amed. Está caminando hacia él.
- Hachis, hachis... - le susurra.
Hugo mete las manos en los bolsillos de sus vaqueros desgastados y encoge los hombros. Amed le enseña la mercancía: una piedra minúscula.
- Bueno, 20 euros.
Hugo mira sus ojos. Negros y brillantes como canicas. Se mueven con rapidez de un lado a otro. En su sonrisa faltan varios dientes, pero algunas líneas en forma de paréntesis realzan sus labios, jugosos como melocotones.
Hugo saca el dinero. Al dárselo roza, durante unos segundos más de los debidos, la palma de su mano. Al recoger la mercancía hace lo mismo con sus dedos.
- Te invito a una cerveza, -las palabras parecen haberse formado solas.
Amed acepta con cierto desinterés, aunque sin perder la sonrisa. Grita algo a sus amigos.
Hugo le lleva al Barbieri. Se sientan en una mesa algo escondida, al final del café, protegidos por la oscuridad y por el jazz. Hugo pide a un camarero, algo seco, un par de cañas. Apenas hablan; Hugo no para de mirar a Amed. No puede hacer otra cosa. Amed sonríe. Pero mira con nerviosismo a todos los lados.
Piden otra ronda, y otra, y otra más. Comienzan a tocarse. Ríen de forma incontrolada. Sus cuerpos se buscan, se unen y se enredan. Sus lenguas comienzan a explorar los surcos perdidos de sus cuerpos.
Los camareros, al principio, miran con expectación. Poco después se aburren y continúan charlando entre ellos.
Amed arrastra a Hugo a su casa; una habitación desordenada, con cuatro camas y sin armarios. Sus compañeros no están. Quizás se estén buscando la vida en la calle. Se desnudan y se tumban sobre sábanas sucias y montones de ropa. Amed, le susurra una melodía cautivadora, mientras desliza su pene, con lentitud y delicadeza, por el interior de Hugo. Amed va moviéndose con mayor rapidez y el choque de sus cuerpos produce un ruido seco, como una letanía.
Al terminar, sudorosos, respiran durante breves segundos, sintiendo el palpitar y la respiración del otro. Se visten y salen de nuevo a la calle.
Mientras camina Hugo piensa que le gustaría intercambiar los teléfonos y repetir. Amed sabe que esas cosas ocurren y no hay que darles importancia.
Al volver a la calle Lavapiés se despiden. Amed va en busca de sus amigos. Hugo sube, con lentitud, la calle, con las terrazas recogidas y casi vacías.

